Los principales candidatos a la Casa Blanca, Barack Obama por el Partido Demócrata y John McCain por el Republicano, se afanaban ayer, en la recta final de la campaña, por captar el voto de l@s indecis@s. El primero junto al magnífico Bruce Springsteen y el segundo de la mano de un actor convertido a Gobernator sin escrúpulos de cuyo nombre quisiera acordarme. Según el New York Times un 4% del electorado aún no había decidido el sentido de su voto. Una cifra relevante si tenemos en cuenta que un puñado de votos en determinados estados puede cambiar radicalmente el resultado de las elecciones a nivel nacional.
Los principales candidatos, decía. Y es que aunque parezca mentira, el independiente Ralph Nader, el Partido Verde, el ultraderechista (más aún) Partido de la Constitución, el Partido de la Prohibición –del consumo de bebidas alcohólicas– o el antibelicista Partido Socialista entre otros también presentan sus candidaturas para estas elecciones de 2.008. ¿Alguien hablaba de bipartidismo en el caso del Estado español? Pasen y vean. ¡Esto es Norteamérica!
Con Irak todavía ardiendo en el horizonte y la crisis financiera a ras de suelo, todas las encuestas y los periódicos yankees apuntan a Obama, que podría llegar a conseguir votos en territorios tradicionalmente republicanos, como claro vencedor. El triunfo de McCain pasaría necesariamente por hacerse con estados clave como Pensylvania, Ohio o Florida. Posiblemente el estadounidense sea el sistema electoral más antidemocrático del mundo; a un partido le basta ganar con un único voto de diferencia en un estado para hacerse con tod@s l@s delegad@s de dicho estado en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Lo cual imposibilita que partidos minoritarios puedan tener algún tipo de representación en esta cámara. Es decir, no llega a ser presidente de EEUU quien obtiene más votos, si no quien obtiene más delegad@s.
En el año 2.000, a pesar de la victoria del demócrata Al Gore por más de 500.000 votos y de las numerosas irregularidades detectadas, George W. Bush fue proclamado presidente por la Corte Suprema (dominada por los republicanos –5 frente a 1–); a pesar de la velocidad con la que Al Gore aumentaba su diferencia con respecto al tejano a lo largo del recuento y de lo evidente de su victoria, el Partido Demócrata prefirió hacer la vista gorda ante el claro fraude electoral del que el mundo fue testigo para no originar una mayor crisis nacional. En esta ocasión, eso sí, se tomaron medidas para evitar el supuesto fraude electoral por parte de personas individuales, con la clara intención de disminuir la participación. Toda una gama de requisitos fue exigida a aquell@s que pretendían ejercer su derecho a voto; la presentación de un documento acreditativo de identidad con foto –que suele ser más caro, por lo que un 30% de la población carece de él– o la condición de haber votado en anteriores comicios, por ejemplo. Así mismo, en lugares mayoritariamente demócratas miles de votantes fueron directamente borrad@s del registro o no pudieron votar por haberse empadronado recientemente, y el voto electrónico (sistema de pulsación en pantalla sin garantías de precisión mediante máquinas que son propiedad de empresas privadas) otorgó a l@s republican@s 100.000 votos más de los que realmente obtuvieron. Escandaloso. ¿Soportarían l@s pobres de Norteamérica un nuevo varapalo de este estilo o se echarían finalmente a la calle? Seguramente tengamos que esperar unos días hasta conocer los resultados oficiales.
Sea como fuere, la realidad es que la movilización del pueblo estadounidense puede llevarnos hoy a unos niveles de participación históricos. La gente menos pudiente y en ocasiones anteriores descreída se siente protagonista de una promesa de cambio que puede ser o no ser cierta. Esta vez se han dado de alta pagando la cuota correspondiente (que no es pequeña) más personas que nunca, sobre todo jóvenes y afroamerican@s. Un requisito imprescindible para poder votar. Además el 30% de las personas con derecho a voto que tenían la posibilidad de hacerlo ya habían votado a día de ayer. Estos datos podrían inclinar la balanza del lado del Partido Demócrata, que suele salir más beneficiado cuando la participación en unas elecciones es alta. Veremos a ver las dificultades con las que todas estas personas van encontrándose a lo largo de la jornada.
Tiene su importancia, cómo no, la participación. Afamad@s actores y actrices de Hollywood se han animado en los últimos tiempos a hacer incluso una campaña con el objetivo de animar a la ciudadanía a que vaya a votar. El problema surge cuando no tod@s cuentan con ese derecho en unas elecciones presidenciales; cuando numeros@s norteamerican@s
–más de 12.000 indocumentad@s, sobre todo inmigrantes que llevan décadas viviendo en EEUU– ni siquiera son reconocid@s como ciudadan@s. Cuando muchas personas, fundamentalmente de los barrios más pobres y marginales, tienen que pasar más de ocho horas haciendo cola bajo la lluvia para al final no poder votar. Esto ya ha ocurrido en el país que hace suya la bandera de la libertad. Ocurrió en 2.004, con John Kerry
–que también iba primero en las encuestas– disputándole la presidencia a Bush.
El fallecimiento a última hora de la abuela de Obama, una mujer blanquísima de Kansas, “americanizaría” y ayudaría indudablemente a un candidato al que se ha tachado de poco patriota y de socialista, uno de los peores insultos que te pueden proferir en EEUU. Un candidato negro
–comprendan mi insistencia– al que podrían votar para la presidencia de su país muchísimas personas blancas por primera vez; esto en el caso de EEUU es un salto cualitativo por lo menos. Y algo que no apetece mucho a otr@s tant@s norteamerican@s acomodad@s e impolut@s. Es por esto que yo, a pesar de las muchas encuestas y del ánimo generalizado, no me creeré la victoria de l@s demócratas hasta que vea que ciertamente es así; y no valoraré ni criticaré el papel que pueda llevar a cabo Obama como presidente hasta entonces. Porque el fraude cuenta con una larguísima tradición en la historia estadounidense y porque siempre nos depara alguna sorpresilla de última hora.
Yo ya tengo plan para esta noche: un buen bol de palomitas de maíz, Coca Cola (con perdón) o Pepsi en su defecto y… que empiece el espectáculo. Can you really?
Leire Martinez.








